viernes, 10 de junio de 2011

Vamos a dejar por unos días a 'TRANE...

...que yo estoy saturado y supongo que vosotros también (aunque antes de una semana tendréis la reseña de los discos que faltan), y os voy a enchufar a otra de mis aficiones, que es escribir relatos que nunca termino. Éste está terminado, y algunos amigos seguidores del Blog lo conocereis, y otros no. Es una especie de relato infantil, pero creo que con mucha moraleja. Tengo la impresión de haberlo copiado, pero nadie que lo haya leído me ha comentado que le suene, así que igual es mío...En ese caso me ha quedado redondo, pasando de falsas modestias. Ahí va:


                                            OSOS



Un pequeño pueblo -apenas un poblado: cuatro casas y una taberna- llevaba meses padeciendo el ataque de una manada de osos. Comían la miel de las colmenas, destrozaban los cercados, se bañaban en los pequeños estanques de los patos y asustaban a los niños.
La asamblea del poblado, harta de la situación, decidió entrar en el mundo de los osos como ellos entraban en el suyo. El hombre más fuerte de la aldea fue elegido para ir al bosque, disfrazado de oso, con un traje cosido con pieles y uñas encontradas. La noche anterior al solsticio de invierno, cuando los osos se juntaban para despedirse a hibernar y urdían planes para primavera, el hombre y su disfraz se adentraron en el bosque, hacia el claro, para escuchar e informar a la aldea. Encontró el llano y se situó, entre los osos, con su traje cosido deprisa y sus uñas postizas, los ojos bien abiertos y los oídos atentos, escuchando lo que de nuevo y de viejo se contaban los osos entre ellos. Los osos nunca pasaban más de tres días en aquel lugar del bosque, así que tenía que abrir bien sus recién estrenadas orejas de oso.
Llegaron poco a poco al descampado, casi doscientos osos andando pausado, y pudo escuchar el reencuentro de las familias saludándose años después, el rumor de una bellota cayendo, las alegrías del recién nacido y la tristeza del que no volverá. Los osos empezaron a tocarse las patas en su idioma de oso, a lanzarse ramas de roble unos a otros; estuvieron jugando entre los árboles, cazando truchas y haciendo pequeños corrillos. Se dedicaron a disfrutar del sol naciente, y a intrigar menudas diabluras en su puesta. Y así transcurrieron dos días...
Llegó el tercer día: el hombre tuvo una pesadilla, y en ella el calor derretía su traje de oso, y con él dentro, el sol convertía a los dos -traje y hombre- en una mancha solitaria en el centro del claro. Y despertó.
Era el tercer día. El solsticio ya había pasado y los osos empezaban a despedirse hasta la próxima vez; frotaban sus narices y murmuraban pequeñas palabras al oído deseando lo mejor para el año siguiente. Y en ese momento el hombre sintió que el calor era insoportable, la necesidad de quitarse el disfraz fue mayor que su prudencia, y aterrorizado por seguir el camino de su pesadilla empezó a desnudarse.
Y en ese mismo momento ocurrió algo muy extraño: cuando se quedó desnudo, iluminado por el sol en el centro del claro, un ser humano indefenso en mitad de la reunión de osos, otros osos empezaron a rasgar sus trajes de piel para el frío mostrando debajo blancas pieles humanas, una tras otra, cayendo las duras pelambres oscuras que cubrían hombros y pecho, piernas y rostros de mujeres disfrazadas de osas, de hombres aparentando ser osos. Y en un momento no quedó en aquel bosque ningún oso, sólo hombres y mujeres con pieles de oso arrugadas cubriendo sus pies y miradas de sorpresa y alegría inexplicable.



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